jueves, 16 de abril de 2020

LENGUA Y LITERATURA


6to año Sociales
Literatura
Prof. Susana González
Colegio Estrada
Nombre y apellido del alumno:

RELATO DE NO FICCIÓN
El género de no ficción (o non-fiction) surge a fines de los 50 en Argentina y en los 60 en EE.UU. en ambos países, nuevos autores lograron poner en juego en sus obras tres ámbitos centrales de la sociedad de masas: periodismo, política y medios de comunicación.
Hacia fines del siglo XIX, existió como antecedente una forma textual que cruzaba periodismo y ficción en los diarios argentinos y del mundo: la crónica. A partir de la profesionalización del escritor, periodistas como Rubén Darío, José Martí y Horacio Quiroga aprovecharon los recursos poéticos y retóricos para proponer algunas columnas de diario que recuperaran una mirada estetizada de la realidad urbana. Unos años más tarde, en 1920, Roberto Arlt se destacaría en ese género por sus Aguafuertes porteñas, publicadas en el diario El mundo.
                Así, el 1950, el periodismo y la literatura vuelven a cruzarse en la no ficción, inaugurada por Walsh: un relato político y comprometido a partir de un hecho histórico que pone en jaque a la justicia nacional y al poder de turno.
CARACTERÍSTICAS DE LA NO FICCIÓN
                En términos generales, el relato de no ficción se caracteriza del siguiente modo:
·          Se trata del encuentro de un material “real” con procedimientos narrativos (descripción, narración, secuenciación, etcétera). En este género, se mezclan el periodismo, la crónica, la literatura y el ensayo.
·          Incorpora material periodístico para reconstruir los datos concretos del caso o suceso: reportajes, informes, actas, testimonios, entre otros.
·          Interesa el montaje y el modo en el que el autor organiza los materiales (selección, énfasis, recorte, etcétera)
·          Se asemeja al género policial, pero el rol del “detective” lo ocupa el periodista que investiga un caso real y, luego, escribe acerca de él.
·          Los casos suelen ser inverosímiles, difíciles de creer, pero reales.
·          La verdad en los relatos de no ficción es la verdad de los sujetos (de los personajes, del narrador-autor), quienes construyen una versión de los hechos.

ACTIVIDADES
1)     Completá la información del siguiente párrafo:
Rodolfo Walsh inauguró el género ____________ en la Argentina con su novela ___________ publicada en el año ____________. Los hechos históricos que toma como punto de partida son los ____________. El primer sobreviviente entrevistado por Walsh se llamaba _____________.
2)     Marcá y luego transcribí en el texto Carta a mis amigos, dos fragmentos en los que se ponga en evidencia que es un relato de no ficción.
3)     Realicen un relato de no ficción a partir de un caso real tomado del diario o de la historia reciente. Para ello, tengan en cuenta los siguientes puntos:
a)     Elijan un policial, un acontecimiento trágico o un suceso intrigante de los últimos años.
b)     Busquen dos o tres artículos periodísticos sobre el tema elegido. También pueden buscar videos en Youtube.
c)     Obtengan los datos concretos del caso. Pueden seguir las típicas preguntas del artículo periodístico: qué, dónde, cuándo, cómo, quiénes, por qué, etcétera.
d)     Con los datos concretos anotados, piensen en un montaje de tres partes para organizar su relato de no ficción. Pueden ser tres perspectivas, tres momentos del caso, tres personajes, entre otras alternativas.
e)     Escriban el relato de no ficción. Recuerden incluir recursos narrativos y poéticos para que se enmarque en el género del artículo periodístico o del texto expositivo. Asimismo, recuerden ser claros con los datos concretos para que no se trate de una simple narración ficcional.

Carta a mis amigos – Rodolfo WALSH

Hoy se cumplen tres meses de la muerte de mi hija, María Victoria, después de un combate con las fuerzas del Ejército. Sé que la mayoría de aquellos que la conocieron la lloraron. Otros, que han sido mis amigos o me han conocido de lejos, hubieran querido hacerme llegar una voz de consuelo. Me dirijo a ellos para agradecerles pero también para explicarles cómo murió Vicki y por qué murió.
El comunicado del Ejercito que publicaron los diarios no difiere demasiado, en esta oportunidad, de los hechos. Efectivamente, Vicki era Oficial 2º de la Organización Montoneros, responsable de la Prensa Sindical, y su nombre de guerra era Hilda. Efectivamente estaba reunida ese día con cuatro miembros de la Secretaría Política que combatieron y murieron con ella.
La forma en que ingresó en Montoneros no la conozco en detalle. A la edad de 22 años, edad de su probable ingreso, se distinguía por decisiones firmes y claras. Por esa época empezó a trabajar en el Diario «La Opinión» y en un tiempo muy breve se convirtió en periodista. El periodismo no le interesaba. Sus compañeros la eligieron delegada sindical. Como tal debió enfrentar en un conflicto difícil al director del diario, Jacobo Timerman, a quien despreciaba profundamente. El conflicto se perdió y cuando Timerman empezó a denunciar como guerrilleros a sus propios periodistas, ella pidió licencia y no volvió más.
Fue a militar a una villa miseria. Era su primer contacto con la pobreza extrema en cuyo nombre combatía. Salió de esa experiencia convertida a un ascetismo que impresionaba. Su marido, Emiliano Costa, fué detenido a principios de 1975 y no lo vio más. La hija de ambos nació poco después. EL último año de mi hija fue muy duro. El sentido del deber la llevó a relegar toda gratificación individual, a empeñarse mucho más allá de sus fuerzas físicas. Como tantos muchachos que repentinamente se volvieron adultos, anduvo a los saltos, huyendo de casa en casa. No se quejaba, sólo su sonrisa se volvía un poco más desvaída. En las últimas semanas varios de sus compañeros fueron muertos: no pudo detenerse a llorarlos. La embargaba una terrible urgencia por crear medios de comunicación en el frente sindical que era su responsabilidad.
Nos veíamos una vez por semana; cada quince días. Eran entrevistas cortas, caminando por la calle, quizás diez minutos en el banco de una plaza. Hacíamos planes para vivir juntos, para tener una casa donde hablar, recordar, estar juntos en silencio. Presentíamos, sin embargo, que eso no iba a ocurrir, que uno de esos fugaces encuentros iba a ser el último, y nos despedimos simulando valor, consolándonos de la anticipada pérdida.
Mi hija estaba dispuesta a no entregarse con vida. Era una decisión madurada, razonada. Conocía, por infinidad de testimonios, el trato que dispensan los militares y marinos a quienes tienen la desgracia de caer prisioneros: el despellejamiento en vida, la mutilación de miembros, la tortura sin límite en el tiempo ni en el método, que procura al mismo tiempo la degradación moral, la delación. Sabía perfectamente que en una guerra de esas características, el pecado no era hablar, sino caer. Llevaba siempre encima la pastilla de cianuro -la misma con la que se mató nuestro amigo Paco Urondo-, con la que tantos otros han obtenido una última victoria sobre la barbarie.
El 28 de septiembre, cuando entró en la casa de la calle Corro, cumplía 26 años. Llevaba en sus brazos a su hija porque en último momento no encontró con quién dejarla. Se acostó con ella, en camisón. Usaba unos absurdos camisones largos que siempre le quedaban grandes.
A las siete del 29 la despertaron los altavoces del Ejército, los primeros tiros. Siguiendo el plan de defensa acordado, subió a la terraza con el secretario político Molina, mientras Coronel, Salame y Beltrán respondían al fuego desde la planta baja. He visto la escena con sus ojos: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amaneciendo, y el cerco. El cerco de 150 hombres, los FAP emplazados, el tanque. Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto: «El combate duró más de una hora y media. Un hombre y una muchacha tiraban desde arriba, nos llamó la atención porque cada vez que tiraban una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía.»
He tratado de entender esa risa. La metralleta era una Halcón y mi hija nunca había tirado con ella, aunque conociera su manejo, por las clases de instrucción. Las cosas nuevas, sorprendentes, siempre la hicieron reír. Sin duda era nuevo y sorprendente para ella que ante una simple pulsación del dedo brotara una ráfaga y que ante esa ráfaga 150 hombres se zambulleran sobre los adoquines, empezando por el coronel Roualdes, jefe del operativo. A los camiones y el tanque se sumó un helicóptero que giraba alrededor de la terraza, contenido por el fuego.
«De pronto -dice el soldado- hubo un silencio. La muchacha dejó la metralleta, se asomó de pie sobre el parapeto y abrió los brazos. Dejamos de tirar sin que nadie lo ordenara y pudimos verla bien. Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Empezó a hablarnos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. Pero recuerdo la última frase, en realidad no me deja dormir. -Ustedes no nos matan -dijo-, nosotros elegimos morir. Entonces ella y el hombre se llevaron una pistola a la sien y se mataron enfrente de todos nosotros.»
Abajo ya no había resistencia. El coronel abrió la puerta y tiró una granada. Después entraron los oficiales. Encontraron una nena de algo más de un año, sentadita en una cama, y cinco cadáveres.
En el tiempo transcurrido he reflexionada sobre esa muerte. Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella, tenían otro camino. La respuesta brota desde lo más profundo de mi corazón y quiero que mis amigos la conozcan. Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió para ella, vivió para otros, y esos otros son millones. Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace de ella.
Esto es lo que quería decirle a mis amigos y lo que desearían que ellos transmitieran a otros por los medios que su bondad les dicte.




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